CUANDO LA INTOLERANCIA INTERRUMPE LA ORACIÓN

Hay noches que uno no olvida fácilmente. Noches en que el cielo parece más alto, el aire más quieto y la gente más humana. El Jueves Santo es una de esas noches. Y la que me tocó vivir esta vez tiene mucho que contarle.

Fui a misa con mi madre y mi hijo. Tres eslabones de una misma cadena que caminamos juntos hacia la catedral para asistir a la Misa de la Cena del Señor, presidida por monseñor Gilberto Gómez González y concelebrada por varios sacerdotes.

¿Sabe usted qué se conmemora en esa misa? No es un detalle menor.

Una noche como esta, hace más de dos mil años, sucedieron tres cosas que cambiarían la historia del mundo. Primero, Jesús instituyó la Eucaristía: tomó el pan, lo partió y dijo aquello que todavía resuena en cada iglesia del planeta: «Hagan esto en memoria mía». Segundo, instituyó el sacerdocio, entregando a sus discípulos la continuidad de esa misión. Y tercero, se arrodilló ante sus propios apóstoles y les lavó los pies. Un maestro. Un líder. De rodillas. Como diría Tolstói: «El verdadero héroe no es el que conquista, sino el que sirve». Eso hizo Jesús aquella noche. Enseñó que el poder verdadero huele a humildad, no a trono.

Era, pues, una noche sagrada.

También asistió a la misa el candidato presidencial Rafael López Aliaga. Debo ser honesto: no es el candidato de mi preferencia, y no coincido con él en muchas cosas. Pero hay algo que no se puede negar, y la honestidad obliga a decirlo: López Aliaga es un católico profundamente creyente. Eso, en un político, no es poca cosa.

Lo extraordinario —y lo lamentable— fue lo que encontramos al llegar.

Desde que pusimos un pie cerca de la catedral, notamos el desorden. Un grupo de manifestantes se había apostado en los alrededores del templo y estaba impidiendo el libre tránsito. No protestaban con argumentos. No debatían con ideas. Gritaban consignas contra López Aliaga como si la liturgia del odio fuera más urgente que la liturgia del alma. Mi madre, a duras penas apoyándose en su bastón, tuvo que abrirse paso entre empujones, consignas y rostros poco amigables.

Entramos a la catedral con dificultad. Adentro, la misa transcurrió solemne. Afuera, los gritos no cesaban. Hay algo profundamente contradictorio en escuchar el Evangelio mientras alguien vocifera del otro lado de la puerta. Como si el ruido pudiera ganarle al silencio sagrado.

Cuando terminó la celebración, el candidato tuvo que salir escoltado por la policía. Los manifestantes lo agredieron con huevos, frutas podridas y basura. Una escena digna no de una plaza pública, sino de un mal carnaval.

Aquí, sin embargo, la historia tiene un antecedente que no puedo ignorar, porque sería deshonesto callarlo. López Aliaga, poco antes, en Andahuaylas, había llamado públicamente «gente de mierda» a quienes lo cuestionaban. Así, sin anestesia ni eufemismo. Y el pueblo, enardecido, respondió a su manera: con huevos y consignas en la puerta de una catedral.

Entiendo la rabia. La entiendo perfectamente. Cuando alguien te insulta con esa brutalidad, algo se enciende por dentro que no siempre es fácil apagar. Nadie tiene derecho a humillar a nadie, menos a un pueblo. Nadie. Y López Aliaga se equivocó gravemente al hacerlo, con esa arrogancia que a veces confunde la franqueza con la ofensa.

Pero —y este «pero» importa— una cosa es tener razón en el fondo, y otra muy distinta es tener razón en la forma. Responder al insulto interrumpiendo una misa, impidiendo el paso de familias, lanzando proyectiles en la puerta de un templo… eso no lava la afrenta recibida. La multiplica. Porque entonces ya no hay uno equivocado: hay dos, hay cientos.

Como decía Voltaire, con esa ironía que nunca pasa de moda: «No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo». Eso es democracia. Lo que vimos esa noche, de ambos lados, tiene otro nombre.

Abancay no se merece ese espectáculo. Ninguna ciudad lo merece. Y lo digo sin importarme si usted es de derecha, de izquierda o simplemente de los que pasan por la mitad con cara de no meterse en líos.

La libertad de culto no es un privilegio: es un derecho humano consagrado en la Constitución. Ningún partido, ningún movimiento, ninguna causa —por justa que se crea— tiene derecho a violar ese espacio. La catedral no es un escenario político. Es la casa de quienes creen. Y esa noche, la casa fue rodeada.

Me dijo mi madre, mientras salíamos, con esa sabiduría que tienen las madres que ya han visto mucho: «Hijo, la intolerancia siempre llega disfrazada de justicia». Creo que en esa frase cabe todo. Lo que dijo el candidato. Lo que hizo la turba. Los dos creyendo, cada uno a su modo, que tenían razón absoluta.

La democracia, señoras y señores, no es solo votar cada cinco años. Es convivir. Es respetar al que piensa distinto. Es entender que el otro —incluso el candidato por el que uno no votaría ni con los ojos cerrados— tiene derecho a entrar a su iglesia sin que le lancen huevos. Y también es entender que un candidato que aspira a gobernar a todos no puede darse el lujo de insultar a nadie, porque las palabras de un líder no se evaporan: se quedan flotando y envenenan el aire que todos respiramos.

«La tolerancia es la virtud del que no cree en nada», dijo Gilbert Chesterton con su habitual picardía. Pero la intolerancia, en cambio, es el vicio del que cree saberlo todo. Y esa noche hubo demasiada gente que creía saberlo todo: el que insultó desde su tribuna, y los que respondieron desde la calle.

Esa noche salimos de misa con el alma más pesada de lo que habíamos entrado. No por la ceremonia —que fue hermosa y solemne, como debe ser. Sino porque afuera, unos y otros confundieron su rabia con su derecho. Y esa confusión, si no la corregimos a tiempo, no le hace daño solo a un candidato ni a una turba enardecida: nos hace daño a todos.

A usted. A mí. A mi madre. A mi hijo, que salió de esa catedral en silencio, con cara de hombre que ha visto algo que no esperaba ver.

Y eso, a veces, duele más que cualquier insulto.

«La libertad de uno termina donde comienza la libertad del otro.»John Stuart Mill

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1 com.

Tany Pinto Sotelo 03/04/2026 - 2:27 pm
" PADRE PERDONALOS PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN "... PALABRAS DE CRISTO EN LA CRUZ.
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